Contaban con el mármol y la memoria

“…antes del período llamado barroco […], el escritor, el autor más bien, iba a depositar su palabra en otro medio que se le aparecía como más seguro y permanente: mármol, o alguna otra materia consistente. O bien, contaba con la memoria de las gentes que las repetirían cantadas, o entonadas, en las largas veladas, o en la Plaza del lugar, como el Arcipreste, o en los salones del castillo o del palacio, en lectura en alta voz, o en el refectorio del convento. Contaban con el mármol y con la memoria, donde indeleblemente quedarían grabadas para siempre.

Mientras que el escritor que se inicia en el período barroco ha dejado ya, por lo pronto, de contar con el mármol o con ninguna otra preciosa materia, y aunque sueñe con ser oído, parece contar menos con la memoria, es decir: con ese medio continuo y permanente –la memoria de la historia–. Parece haberse liberado de la historia, absorbiéndola en sí, siendo él mismo este pensamiento en el aire viviente de la historia”.

María Zambrano en el prologo a las “Fronteras infernales de la poesía” de José Bergamín (Huerga y Fierro, Madrid, 2008).

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Para escribir un poema, hay que salir

“El poeta que va a hacer un poema (lo sé por experiencia propia) tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable rumorea en el corazón. Para serenarse, siempre es conveniente beber un vaso de agua fresca y hacer con la pluma negros rasgos sin sentido. […] Va el poeta a una cacería… Delicados aires enfrían el cristal de sus ojos. La Luna, redonda como una cuerna de blando metal, suena en el silencio de las ramas últimas. Ciervos blancos aparecen en los claros de los troncos. La noche entera se recoge bajo una pantalla de rumor. Aguas profundas y quietas cabrillean entre los juncos… Hay que salir. Y este es el momento peligroso para el poeta. El poeta debe llevar un plano de los sitios que va a recorrer y debe estar sereno frente a las mil bellezas y las mil fealdades disfrazadas de belleza que han de pasar ante sus ojos. Debe tapar sus oídos como Ulises frente a las sirenas, y debe lanzar sus flechas sobre las metáforas vivas y no figuradas o falsas que le van acompañando. Momento peligroso si el poeta se entrega, porque como lo haga, no podrá nunca levantar su obra. El poeta debe ir a su cacería limpio y sereno, hasta disfrazado. Se mantendrá firme contra los espejismos y acechará cautelosamente las carnes palpitantes y reales que armonicen con el plano del poema que lleva entrevisto. Hay a veces que dar grandes gritos en la soledad poética para ahuyentar los malos espíritus fáciles que quieren llevarnos a los halagos populares sin sentido estético y sin orden ni belleza.”

Federico García Lorca en “La imagen poética de don Luis de Góngora“.

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