Para escribir un poema, no le temas

“…no le temas a la poesía. Ella, que es sólo amor, transgrede las prohibiciones y se atreve a mirar de frente a lo invisible. El poeta, como Orfeo, desciende a los infiernos, al fondo del lenguaje, para recuperar su alma. […] el poeta ajeno a las cualidades, la reputación, las leyes; sin nombre ni edad ni país ni raza ni historia, peregrino en el encanto abominable de las formas, mensajero de lo esencial, es decir de sí mismo, desdeñando los ensueños del pensar, haciendo de todos los caminos su camino. Hoja seca que en un suspiro del tiempo viene a conceder esperanza a las hogueras, es el fuego que arde en el centro de la mente. ¿Quién podría definirlo? Con sus pies rojos borra todas las fronteras. No se enquista, no se esconde, no se escapa, como las nubes sin cesar se transforma. Huye de las palabras porque sólo son memoria y sin embargo su silencio las sostiene. Es el contenido que se escapa de las formas, el terreno donde germinan las estrellas, la indecible verdad raíz de la belleza, resplandor que denuncia su acción invisible, agregando la demencia de lo impensable al objeto que esconde cada nombre y al nombre que esconde cada objeto. Es el vuelo antes del nacimiento del pájaro, el coro celestial de los gusanos inscrito ya en el cuerpo que nace, la caída que da significado al muro, el beso que hace nacer todos los labios. Va a lo esencial, al centro del mundo y desde allí se expande hacia las diez direcciones para encontrar su significado profundo en cualquier sitio. Deja siempre que las circunstancias decidan porque sabe que es él mismo quien las crea. Se apodera de las mil cosas al entregarse a ellas pero cuando marcha aquí lo hace ya en otros orbes. Ajeno a los ensueños de separación, es el mismo de antes y el mismo de después, es el canto secreto encerrado en cada piedra. Espacio es su cuerpo infinito y Tiempo es lo que a él le sucede. Disuelto en la conciencia, convertido en Creador, el universo se le aparece como hijo único. Mira a todos los seres y las cosas con amor de padre y es intensa su ternura por la existencia efímera. Nada comienza, nada termina, nada nace, nada muere. Sabe que al lanzar una piedra hacia el confín remoto ha de verla llegar un día a la palma de su mano. Tripulante del sueño, no le teme al despertar. No es pez engreído que al saltar del agua se piensa dueño del cielo. Reconoce que sólo es parte ínfima del engranaje oceánico y acepta con amor sacrificar su figura ilusoria para que el corazón de luz se le abra en rosa de fuego. De su pensamiento no queda más que el perfume, porque las palabras, antes que música, fueron aroma, y de sus pasos el ritmo bruto de su ausencia de esquema. ¡Sabe que bajo el cemento del mundo industrial espera el estertor tremendo de la Tierra enfurecida!”

Alejandro Jodorowski, “El niño del jueves negro” (ed. Siruela, portada de la edición de bolsillo).

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